Mallorca




Mallorca empieza a existir de verdad cuando dejas atrás el aeropuerto y coges la carretera hacia la Serra de Tramuntana. Las curvas se enroscan entre olivos retorcidos y muros de piedra seca levantados a mano hace siglos, y de pronto el Mediterráneo aparece abajo, azul imposible. Paras en Deià, en Valldemossa, en pueblos de piedra dorada donde las buganvillas se desbordan por las paredes y todo huele a limón y a mar. Bajas a una cala pequeña, de esas a las que se llega andando quince minutos por un pinar, y el agua está tan transparente que ves tu propia sombra en la arena. Por la tarde vuelves a Palma, comes un pa amb oli en una mesa a la sombra y ves cómo la catedral se enciende sobre el puerto. La isla tiene dos caras y la buena es la que se gana caminando.