Bélgica

Bélgica se recorre despacio, casi sin darte cuenta de que has cambiado de ciudad. Empiezas en Bruselas, donde el Grand Place te obliga a levantar la cabeza y quedarte ahí, tonto, mirando fachadas doradas mientras alguien vende gofres a tu espalda. Un tren de cuarenta minutos y ya estás en Gante, con sus canales grises y sus tejados escalonados reflejándose en el agua. Brujas llega después, tan perfecta que parece de mentira, hasta que te alejas dos calles del centro y encuentras una plaza vacía donde solo se oyen campanas. Comes patatas fritas en un cucurucho de papel, bebes una cerveza de abadía en un bar con techo bajo, y descubres que el chocolate aquí no es un souvenir sino una costumbre. Llueve, claro que llueve. Pero es una lluvia amable, de las que te empujan a entrar en un café y quedarte más de lo previsto.