Budapest




Budapest son dos ciudades cosidas por un río, y lo entiendes la primera vez que cruzas el Puente de las Cadenas a pie. Buda queda arriba, en la colina, con su castillo, sus calles empedradas y ese silencio de barrio que se acostó temprano; Pest se extiende abajo, plana y ruidosa, con avenidas anchas y cafés que llevan cien años sirviendo tarta a la misma hora. Empiezas por el Mercado Central, entre pimentón colgando en ristras y vendedores que te ofrecen probar de todo, y sigues por callejones hasta el barrio judío, donde los edificios medio en ruinas se han convertido en bares con muebles descabalados y luces de feria. Por la tarde te metes en los baños Széchenyi, y ahí ocurre lo mejor: agua caliente al aire libre en pleno frío, vapor subiendo entre columnas amarillas, viejos jugando al ajedrez con el agua por el pecho como si fuera martes cualquiera. Sales arrugado y en paz. De noche vuelves al Danubio y el Parlamento está iluminado, enorme, reflejándose entero en el agua negra, y piensas que pocas ciudades saben ponerse guapas con tanta naturalidad.