Roma




Amanece sobre Roma y las piedras todavía guardan el frío de la noche. Empiezas en el Trastévere, cuando las calles huelen a pan y las persianas aún están bajadas, y cruzas el Tíber por un puente que ha visto pasar veinte siglos de gente con prisa. El Campo de’ Fiori se despierta a gritos entre cajas de tomates; la Piazza Navona se ordena despacio, como si posara. Te pierdes a propósito por callejones estrechos hasta que uno se abre de golpe y ahí está el Panteón, sin avisar, con su ojo abierto al cielo. Comes de pie, un supplì que quema, y sigues cuesta arriba hacia el Foro, donde la hierba crece entre columnas rotas y cuesta creer que aquello fuera el centro del mundo. Al caer la tarde el Coliseo se vuelve dorado y luego naranja, y la ciudad entera parece bajar el volumen. Terminas en una escalinata cualquiera, con los pies destrozados y un helado derritiéndose, entendiendo por fin que Roma no se visita: se camina hasta que se te mete dentro.